... Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales (...)
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Saturday, September 20, 2008
Fragmento de "El Guardagujas"
... Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales (...)
Thursday, July 3, 2008
UN CASO RESUELTO

Para Raúl Vázquez
Otro día en la oficina. Benítez dormitaba en el sofá cuan largo era. Tenía resaca, como de costumbre, pero siempre llegaba a tiempo, incluso antes que yo. Era fascinante oirlo carraspear para después ver cómo se tocaba la sien con gesto lastimero:
—No lo vuelvo a hacer.
El timbre del teléfono. Dejé pasar un tiempo para que el sonido abarcara el lugar, dándole forma, consistencia. Afuera, tras la ventana, el sol reverberaba sobre los toldos de los autos que componían el paisaje, cada vez más apretado, del tráfico de medio día.
—¿Bueno? —contestó Benítez enrollando el cable entre sus dedos finos. Cosas como atender el teléfono, encargarse de la basura o lavar el baño de la oficina, al contrario de lo usual, parecían causarle un extraño placer, como si lo distrajeran de su continuo malestar—. No se encuentra.
—Es ella. Dile que sí estoy.
Era mi ex esposa, Perla Dayanara. Creo que el nombre lo explica todo.
—Dile a Benítez que ya no te niegue, papi. El tipo se porta como si fuera tu madre y sólo tiene veinticinco; podría ser tu hijo.
—Lo haré.
Perla Dayanara, que también podría ser mi hija, volvió a lo de siempre: la pensión llevaba dos días de retraso, debería considerar su propuesta de volver, estaba muy caliente. Dijo que ya no me engañaría con el primero que encontrara.
—La decisión está tomada —respondí—. Estoy en un caso y lo resolveremos pronto. Puedes estar tranquila con lo de la pensión —y colgué.
Benítez miraba a hurtadillas, mientras fingía buscar una aspirina. Encendí un cigarro y aspiré con delectación. Me gusta usar palabras infladas, como mi próstata. Le dediqué una mirada inquisitiva al retrato de Ross MacDonald, mi maestro. MacDonald era novelista y no detective. Cuando encontré su retrato en una librería de viejo —en un caso extrañísimo y menos estúpido que este, que tal vez algún día refiera— Benítez dijo que compartíamos la misma mueca de sorna: una media sonrisa que quiere decir algo como yo soy un segundón y ya ni eso me fastidia. Supe que había una conexión, quizá un asidero emocional para sobrellevar la rutina de mi vida sabiendo que en alguna parte existió alguien cuyos gestos, en mi cara, no eran más que un remedo.
—Jefe, hay que seguir la pista del motel.
—Elnecavé está cercado, Benítez. Si no altera su rutina, él mismo vendrá a nosotros —sacudí el cigarro sobre el cenicero.
El caso estaba a punto de cerrarse. Una típica situación de infidelidad. Nuestra cliente era Petra C. Valdivieso, una escritora de segunda. Fue mi amiguita un tiempo y yo le debía un par de favores; se los había ganado.
—Espera en el auto, tengo que ir al baño.
—Sí, jefe.
Seguimos a Elnecavé cuando salió de su trabajo. El lugar se encontraba en las afueras de la ciudad. La fachada tenía un fondo verde limón sobre el que se leía el nombre: MOTEL LA PIEDRA. Elnecavé ya había pasado por su acompañante, una pelirroja de piel como de leche. Benítez tomó las últimas fotos de la investigación cuando entraron.
Le eché un vistazo al rostro de Perla Dayanara antes de entregar las pruebas a Valdivieso. Con el dinero final de la escritora pagué la pensión. La pelirroja se lo había ganado.
Otro día en la oficina. Benítez dormitaba en el sofá cuan largo era. Tenía resaca, como de costumbre, pero siempre llegaba a tiempo, incluso antes que yo. Era fascinante oirlo carraspear para después ver cómo se tocaba la sien con gesto lastimero:
—No lo vuelvo a hacer.
El timbre del teléfono. Dejé pasar un tiempo para que el sonido abarcara el lugar, dándole forma, consistencia. Afuera, tras la ventana, el sol reverberaba sobre los toldos de los autos que componían el paisaje, cada vez más apretado, del tráfico de medio día.
—¿Bueno? —contestó Benítez enrollando el cable entre sus dedos finos. Cosas como atender el teléfono, encargarse de la basura o lavar el baño de la oficina, al contrario de lo usual, parecían causarle un extraño placer, como si lo distrajeran de su continuo malestar—. No se encuentra.
—Es ella. Dile que sí estoy.
Era mi ex esposa, Perla Dayanara. Creo que el nombre lo explica todo.
—Dile a Benítez que ya no te niegue, papi. El tipo se porta como si fuera tu madre y sólo tiene veinticinco; podría ser tu hijo.
—Lo haré.
Perla Dayanara, que también podría ser mi hija, volvió a lo de siempre: la pensión llevaba dos días de retraso, debería considerar su propuesta de volver, estaba muy caliente. Dijo que ya no me engañaría con el primero que encontrara.
—La decisión está tomada —respondí—. Estoy en un caso y lo resolveremos pronto. Puedes estar tranquila con lo de la pensión —y colgué.
Benítez miraba a hurtadillas, mientras fingía buscar una aspirina. Encendí un cigarro y aspiré con delectación. Me gusta usar palabras infladas, como mi próstata. Le dediqué una mirada inquisitiva al retrato de Ross MacDonald, mi maestro. MacDonald era novelista y no detective. Cuando encontré su retrato en una librería de viejo —en un caso extrañísimo y menos estúpido que este, que tal vez algún día refiera— Benítez dijo que compartíamos la misma mueca de sorna: una media sonrisa que quiere decir algo como yo soy un segundón y ya ni eso me fastidia. Supe que había una conexión, quizá un asidero emocional para sobrellevar la rutina de mi vida sabiendo que en alguna parte existió alguien cuyos gestos, en mi cara, no eran más que un remedo.
—Jefe, hay que seguir la pista del motel.
—Elnecavé está cercado, Benítez. Si no altera su rutina, él mismo vendrá a nosotros —sacudí el cigarro sobre el cenicero.
El caso estaba a punto de cerrarse. Una típica situación de infidelidad. Nuestra cliente era Petra C. Valdivieso, una escritora de segunda. Fue mi amiguita un tiempo y yo le debía un par de favores; se los había ganado.
—Espera en el auto, tengo que ir al baño.
—Sí, jefe.
Seguimos a Elnecavé cuando salió de su trabajo. El lugar se encontraba en las afueras de la ciudad. La fachada tenía un fondo verde limón sobre el que se leía el nombre: MOTEL LA PIEDRA. Elnecavé ya había pasado por su acompañante, una pelirroja de piel como de leche. Benítez tomó las últimas fotos de la investigación cuando entraron.
Le eché un vistazo al rostro de Perla Dayanara antes de entregar las pruebas a Valdivieso. Con el dinero final de la escritora pagué la pensión. La pelirroja se lo había ganado.
Mario Alberto Bautista
Tuesday, April 15, 2008
La rana que quería ser una rana auténtica
Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.
Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.
Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.
Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.
Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.
Monday, February 25, 2008
Paréntesis
...entonces despertó. Era evidente: todos estaban muertos. Cada cuchillada que asestó fue certera. Ni siquiera tuvo que hacerse aquella pregunta: cada centímetro de sus manos tenían un rastro propio de sangre. No pudo soportar tan macabro espectáculo. Tomó el arma, y libre de titubeos, logró degollarse. Entonces, despertó…
Friday, January 18, 2008
El sueño de Boris Spassky
El cuerpo de Boris se acomoda en el colchón. A medias entre el sueño y la nada, siente un soplo frío, una ráfaga leve que no termina de despertarlo. No quiere que lo molesten, no quiere que nadie perturbe esa calma lisa, llana en la que bucea; la calma que precede a los mejores sueños, a los que son pulposos como duraznos. Está agotado a pesar del rato que lleva durmiendo. Puede sentir, en la punta de sus dedos, la piel delicada de los trebejos blancos; la sensualidad tibia de la madera y el triunfo. Un triunfo parecido a la revancha. O mejor aún: un triunfo que disfraza la venganza. Sueña que la sonrisa se le ensancha: es él quien en la cama y es Bobby Fischer quien se devana los sesos frente al tablero, acorralado, vencido, hurgando en lo profundo de su desesperación en busca de una jugada inexistente, imposible y, por lo tanto, milagrosa. La ráfaga que Boris Spassky siente en su cuerpo llega cuando la puerta de la habitación se abre. Sueña que vienen a traerle la gran noticia: es el ajedrecista estadounidense, y no él, quien ha abandonado la partida número 21 aquel 31 de agosto de 1972. Sueña que no es él quien se enfrenta a la certeza de la derrota. La ráfaga lo despiertay él retiene el título del mundo. Fueron 21 partidas. 21 endemoniadas partidas. 21 escalones desparejos, 21 golpes cruzados. Boris Spassky gira en la cama, el cuerpo ya romo y avejentado. Sale de ese sueño que es una trampa de la historia, un intento de redención que llega a su fin. Ya no estará, en el mundo, el hombre que vivió lo que él sueña sin posibilidad de cambiar la historia. La ráfaga trae la noticia como una liviandad, un deshago: Bobby Fischer, su vencedor, acaba de morir.
Sunday, January 6, 2008
Las terribles historias infantiles
Mientras todos corrían por motivo de su clase de deporte, Natalia se sentaba en el borde de la cancha, estornudando debido a sus ya constantes males. Los demás niños la envidiaban por desear hacer lo que hacia: Nada! A excepción de contar los balones de basquet ball y juntar las pelotitas de múltiples colores con las cuales jugaban al resotón. Ella nunca aprendió a jugar ningún deporte; mientras que entre sus otros compañeros si hubo uno que otro deportista mal logrado, en fin ese no es el punto…
Cierto día mientras Natalia se encontraba con la mirada perdida, enfocó su vista de repente hacia un lugar en específico: El cerro que se encontraba justo detrás de la escuela y el cual podía observarse a lo lejos por la cerca. Y ahí estaba una silueta... era nada más y nada menos que “El niño de Dos Cabezas”, del cual la leyenda contaba que su madre lo había abandonado por ser un pequeño esperpento, con aspecto lúgubre y retraído…
Natalia se quedó perpleja ante dicho suceso, además no podía creer que lo que Iris le había dicho fuera verdad…1, 2, 3, vueltas a la escuela fueron suficientes para que 15 niñas y 13 niños se quedaran mirando fijamente aquella imagen ¡Santo Niño de las Dos Cabezas! Y en eso... ¡que el chamaco se mueve! Iván tuvo un accidente más no fue sorpresa pues cualquier evento fuera de su cotidianidad despertaba su incontinencia pueril…
Todos salieron corriendo, incluso Natalia. Trataron de ignorar el suceso.
Ella no durmió esa noche y no se debió sólo al susto sino también por la ligera falta de oxigeno acompañada de ese sonido misterioso tal como si fuera un gatito el cual era emitido por sus pulmones…
Ella no durmió esa noche y no se debió sólo al susto sino también por la ligera falta de oxigeno acompañada de ese sonido misterioso tal como si fuera un gatito el cual era emitido por sus pulmones…
Pasó el tiempo y nunca se supo que pasó con dicho niño amorfo. Ella se pregunta si vive aún… superó el suceso claro está y también sus constantes malestares respiratorios.
Sigue sin hacer deporte.
Quien diría que se convertiría en una fumadora activa...
Quien diría que se convertiría en una fumadora activa...
Saturday, November 24, 2007
¿A qué huele la guayaba?
El niño extrañamente se acercó al padre con esa mirada que sólo es comparable a la curiosidad de la ciencia y dijo: Papá, ¿a qué huelen las guayabas? El padre, desconcertado por aquella pregunta que nunca se había planteado, dejó de ver la televisión un instante para observar al pequeño.El niño, al ver ese gesto de confusión, pensó que era necesario repetir la pregunta pero con más insistencia: Papá ¿a qué huele la guayaba?; el padre cerró los ojos para pensar un segundo cual era la respuesta que el niño esperaba pero no se imaginaba siquiera qué podría ser lo que al pequeño le hubiera gustado oír.
–¿Por qué preguntas eso?– dijo mientras recordaba a su anciano padre con la frase que había aprendido de sus ancestros: “es tonto responder una pregunta con otra pregunta” pero era demasiado tarde para corregir su error.
El niño bajó la cabeza y escondió las manos tras su espalda como si hubiese sido reprendido por el padre aunque no había sido así, y respondió:
–Es que tengo curiosidad
El padre logro razonar una respuesta que le parecía lógica mientras regresaba la vista al televisor:
–Las guayabas huelen a guayabas, las naranjas a naranjas y los plátanos a plátanos
Al niño, aunque no le conformó esa respuesta, salió de la sala hacia rumbo desconocido, a toda velocidad para volver a su qué hacer.
Para cuando el jefe de familia reaccionó volvió sus ojos al viejo librero en el cual habitaba un libro que contenía el título “El olor de la guayaba” y pensó haber encontrado el origen de la duda del niño, sin embargo, no pudo estar más equivocado.
Se colocó en pié y se dirigió al libro de color verde claro mientras acercaba la mano el libro el pequeño volvió a entrar con un avión de papel en la mano simulando un perfecto vuelo de demostración. Es padre tomó el libro y comenzó a leer las primeras líneas mientras el niño daba tantas vueltas como el avión. Mientras leía los recuerdos fluyeron; la historia e incluso los nombres de algunos personajes; no tardó en dejar el libro en la mesa de centro.
Se agachó a la altura del niño para toparlo en pleno vuelo y le preguntó nuevamente: –¿por qué me preguntaste a qué huelen las guayabas?– y el pequeño aviador solo esquivó de manera magistral el objeto que impedía su paso.
El padre era presa de la duda: ¿de donde sacó esa pregunta?, entonces apresuró su pasó y tomó al pequeño por la retaguardia y lo elevó por los aires, para el niño sólo fue una manera de incrementar altura en vuelo.
El padre llevó al niño a la cocina sin bajarlo lo sostuvo en un solo brazo; el infante seguía en vuelo, sin darse cuenta a donde había llegado. El adulto abrió el refrigerador y sacó la única guayaba que había allí mientras su hijo se daba cuenta del contorno. El padre ofreció del fruto al niño pero este simplemente se negó girando la cabeza. Su vuelo había concluido y ahora observaba al padre como quien observa a los locos de las avenidas. Y ahora lanzó otra pregunta: –¿qué haces papá?– y aquel respondió: –te mostraré el olor de la guayaba–
El padre había pensado partir la fruta pero al ser sorprendido por el pequeño tomo la salida inmediata y mordió el fruto amarillezco.
Le acercó la fruta al niño que alejó la boca y giró la cabeza.
–Huele– dijo el padre y el niño acercó la nariz y prosiguió: –¿por qué me preguntaste a qué huele la guayaba?– y el niño por fin confesó –Hoy le pregunté a la maestra ¿qué es el amor? y ella respondió el amor es una sensación muy bonita, se sienten como mariposas en el estómago, es como el olor de la guayaba– estas palabras habían ocasionado una explosión en el niño comparable al efecto del big bang que, aunque ya había comido esta fruta, nunca se había detenido el tiempo suficiente para meditar en la sensación que causa el olor de la guayaba en su organismo.
El padre bajó al niño y volvió a morder la guayaba que aún tenía en la mano mientras pensaba en la respuesta de aquella maestra acercó la guayaba a su nariz.
El niño tan sólo corrió como si nada hubiese sucedido y siguió volando.
–¿Por qué preguntas eso?– dijo mientras recordaba a su anciano padre con la frase que había aprendido de sus ancestros: “es tonto responder una pregunta con otra pregunta” pero era demasiado tarde para corregir su error.
El niño bajó la cabeza y escondió las manos tras su espalda como si hubiese sido reprendido por el padre aunque no había sido así, y respondió:
–Es que tengo curiosidad
El padre logro razonar una respuesta que le parecía lógica mientras regresaba la vista al televisor:
–Las guayabas huelen a guayabas, las naranjas a naranjas y los plátanos a plátanos
Al niño, aunque no le conformó esa respuesta, salió de la sala hacia rumbo desconocido, a toda velocidad para volver a su qué hacer.
Para cuando el jefe de familia reaccionó volvió sus ojos al viejo librero en el cual habitaba un libro que contenía el título “El olor de la guayaba” y pensó haber encontrado el origen de la duda del niño, sin embargo, no pudo estar más equivocado.
Se colocó en pié y se dirigió al libro de color verde claro mientras acercaba la mano el libro el pequeño volvió a entrar con un avión de papel en la mano simulando un perfecto vuelo de demostración. Es padre tomó el libro y comenzó a leer las primeras líneas mientras el niño daba tantas vueltas como el avión. Mientras leía los recuerdos fluyeron; la historia e incluso los nombres de algunos personajes; no tardó en dejar el libro en la mesa de centro.
Se agachó a la altura del niño para toparlo en pleno vuelo y le preguntó nuevamente: –¿por qué me preguntaste a qué huelen las guayabas?– y el pequeño aviador solo esquivó de manera magistral el objeto que impedía su paso.
El padre era presa de la duda: ¿de donde sacó esa pregunta?, entonces apresuró su pasó y tomó al pequeño por la retaguardia y lo elevó por los aires, para el niño sólo fue una manera de incrementar altura en vuelo.
El padre llevó al niño a la cocina sin bajarlo lo sostuvo en un solo brazo; el infante seguía en vuelo, sin darse cuenta a donde había llegado. El adulto abrió el refrigerador y sacó la única guayaba que había allí mientras su hijo se daba cuenta del contorno. El padre ofreció del fruto al niño pero este simplemente se negó girando la cabeza. Su vuelo había concluido y ahora observaba al padre como quien observa a los locos de las avenidas. Y ahora lanzó otra pregunta: –¿qué haces papá?– y aquel respondió: –te mostraré el olor de la guayaba–
El padre había pensado partir la fruta pero al ser sorprendido por el pequeño tomo la salida inmediata y mordió el fruto amarillezco.
Le acercó la fruta al niño que alejó la boca y giró la cabeza.
–Huele– dijo el padre y el niño acercó la nariz y prosiguió: –¿por qué me preguntaste a qué huele la guayaba?– y el niño por fin confesó –Hoy le pregunté a la maestra ¿qué es el amor? y ella respondió el amor es una sensación muy bonita, se sienten como mariposas en el estómago, es como el olor de la guayaba– estas palabras habían ocasionado una explosión en el niño comparable al efecto del big bang que, aunque ya había comido esta fruta, nunca se había detenido el tiempo suficiente para meditar en la sensación que causa el olor de la guayaba en su organismo.
El padre bajó al niño y volvió a morder la guayaba que aún tenía en la mano mientras pensaba en la respuesta de aquella maestra acercó la guayaba a su nariz.
El niño tan sólo corrió como si nada hubiese sucedido y siguió volando.
-Vicko Suárez*
(*Colaborador del fanzine TUGUCHIS. Texto recibido en el buzón de emulafanzine@gmail.com, el dibujito es de una niña llamada amanda y vino del blog de luis pescetti)
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