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Tuesday, August 9, 2011

DE-MO-CRA-CIA (partidos POliticos)

Nos vendieron un sistema de partidos políticos como un paraíso, sobre todo los que viven gracias a él. Ahora ha colapsado, ha caducado, se ha quedado obsoleto y se ha demostrado inútil y perverso para los seres humanos. La gente no quiere que les sigan contando el verso de la izquierda y de la derecha, falacia mentirosa, dañina e irreal, porque ambas corrientes sirven a la misma Élite oscura del poder y del dinero. Ambas corrientes falsas han derramado sangre en toda la Tierra

enviado por Eduleira dijo 25/5/2011

Friday, May 20, 2011

Minas donde caminas

Hermann Bellinghausen/ La Jornada
DF, México
 
 
La señora Margarita Zavala, esposa del Presidente, dijo el 4 de mayo que las drogas son la esclavitud de este siglo”. Se equivoca, en tan sólo un reflejo de lo mucho que se equivoca su consorte; no son gente que entienda. La esclavitud el siglo XXI en México es… la esclavitud. En menos de dos décadas ha crecido exponencialmente la cantidad de mexicanos que viven esclavizados, en nuestro territorio y el vecino del norte. Se trata de una tendencia histórica nueva que contradice a nuestro siglo XX, y en varios sentidos al XIX. De qué otro modo explicarse la avalancha destructiva de los poderes contra las leyes laborales y agrarias que protegían derechos dolorosamente conquistados por generaciones de trabajadores y campesinos. Cada vez más, las obscenas reformas multipartidistas aniquilan los logros de nuestros padres y abuelos.


Ahora fue la explosión de un pozo carbonífero en Sabinas, Coahuila; no sólo una tragedia, todo un escopetazo de escándalos, un encueramiento de la vergüenza nacional (que de por sí nos la encueran a diario). La minería legal, semilegal o ilegal nos carcome la tierra de una manera que amerita el nombre de atroz. Está arrasando, primero cultural y luego literalmente, con el campo. Son millones de hectáreas entregadas por toda clase de vías y triquiñuelas, libre de impuestos, a la extracción de oro, plata, carbón y cualquier cantidad de minerales exóticos o vulgares.

La esclavitud se ha extendido a través de otras depredaciones. Todo un capítulo sórdido y a la alza es la servidumbre sexual, en grandes franjas del país emputecido, ya en pleno folclor. Pero la otra gran esclavizadota (en el sentido clásico del esclavo que se apaña, vende, usa y desecha) la ponen las agroindustrias. En dos vertientes, que por mero formalismo diferenciamos entre legal e ilegal. La primera, controlada por macroempresas mundiales, mercantiliza y uniforma cultivos y modos de producción, absorbiendo inmensas extensiones de tierra y un número imprecisamente grande de esclavos, que en muchos casos fueron antes dueños de esas tierras, o bien migrantes, alguna vez dueños de otras tierras. La segunda industria agrícola, la del narco, también esclaviza, también arrasa y atrapa migrantes. Dos maneras de “privatizar”.

Todo por el dichoso negocio. Y como de descomponer se trata, se paramilitarizan o pulverizan las comunidades, se les mete por la vía mala al “mercado”, a donde llegan derrotadas de antemano, y enseguida pierden la tierra. Para eso se desmantelaron, a partir de 1992, las leyes producto de victorias históricas. Y lo que falta por desplumarles. Otros métodos de despojo los alimentan los desarrollos turísticos, ecocidio y genocidio “benignos”. La implantación de los biocombustibles. La construcción de hidroeléctricas, que para fines prácticos son un tsunami sin antídoto posible. Pero volvamos a las minas, retratan la avaricia enloquecida del capital mejor que nada.
Hoy el oro vale más que nunca en la historia. Y México juega lindo: malbarata o regala la mitad de Chihuahua y San Luis Potosí (va por Guerrero) para que las empresas internacionales (canadienses de preferencia) se lleven el valioso metal. Y como no hay llenadera, ahora ya “concesionamos” la plata de Virikuta, el maravilloso desierto del altiplano potosino, santuario de pueblos mexicanos que, a diferencia del gobierno y sus socios, sí aman nuestro suelo, lo respetan, les sobran motivos para resistir la depredación impuesta por el gobierno antinacional de Felipe Calderón, las trasnacionales, la milicia y la policía crecientes. Y también al extremo opuesto, que se toca con el primero, le muerde la cola: el “crimen organizado”, que quema miles de hectáreas de bosques (ver la sierra de Arriaga en Cohahuila), y si puede no dejan piedra sobre piedra. Ríete de Atila. Estos hunos (y aquellos otros) aportan ceniza, cianuro, pavimento, y sus coadyuvantes balas y guillotinas (¿o con qué se decapita cristianos?); para el negocio no hay mejor lubricante que la sangre derramada.

Pero simpático el Estado mexicano. Luego compra el oro que regaló y lo paga a precio de ídem con nuestro dinero (¿o es de lavandería?) en nuestras narices, y lo presume, para ponernos en segundo en lugar latinoamericano en reservas áureas, y en uno de los últimos lugares de igualdad; nomás Haití es más desigual.

Por eso les resulta jugosa la guerra. No tienen prisa por pararla. La muerte es el supremo negocio. En ciertas cosas nos parecemos también al Congo (y no sólo a Colombia). ¿Es casualidad que Chihuahua, nuestro primer productor de oro, viva en la peor guerra? Ciudad Juárez es más que una metáfora del oro y la mierda. No sólo coleccionamos millonarios asquerosamente ricos, también estamos boyantes en cuerpos sin identificar (o sin aparecer: desaparecidos). Los tráileres frigoríficos transportan hoy carne humana podrida. Antes se destinaban sólo a la fresca, y de vaca. El matiz importa. ¿O ya no? Viva el oro. Bang Bang.

Sunday, February 6, 2011

CULIACÁN, EL LUGAR EQUIVOCADO: Vida cotidiana y narcotráfico

Magali Tercero/ Arteven
DF, México



"Hemos metido al narco en nuestras camas. Copulamos con él. Extendemos la mano para que nos dé dinero”, señala Javier Valdez en El Guayabo, centenaria cantina ubicada en una amplia construcción rústica con dos frondosos árboles de guayaba presidiendo las mesitas cubiertas de cáscaras porque aquí, como si estuviéramos aún en 1900, una mujer vende cacahuates en cucuruchos de papel periódico. Olvidado de su tequila y de su plato de camarón crudo con limón y chile, el cofundador del semanario Ríodoce, cuyas oficinas fueron atacadas con una granada meses antes, informa a un diario nacional sobre los once homicidios ocurridos el 10 de noviembre de 2009.
Es mi última noche en la capital de Sinaloa, considerada la cuna del narcotráfico mexicano porque aquí han nacido al menos tres generaciones de capos. En la mañana fue hallado el cadáver del primer “colgado” en la historia reciente de la ciudad. Lo pusieron a la vista de todo Culiacán, en el puente de la salida sur de la exuberante y moderna ciudad del eterno verano suavizado por la presencia de los ríos Tamazula, Humaya y Culiacán.
Pero dejemos aquí la primera imagen de esta Sinaloa con casi tres millones de habitantes, envuelta en una ola de violencia. A una realidad casi esquizofrénica corresponde, quizá, el retrato fragmentario de una sociedad en disolución.



■ Durante catorce días percibo la violencia como una fuerza invisible. Sólo me toca una intimidación directa: la de una treintañera extra-arreglada, con uñas de cinco centímetros adornadas con piedras brillantes, que me da un empujón en un Oxxo mientras pago. Busco su mirada, alzo la voz y le suelto un “¡pásale!” defeño sin recordar el tan culichi “te aguantas o te matan”. Y nada pasa. Ningún “ora te vas rapada y caminando a tu casa; y si te dejas crecer el pelo matamos a tu familia”, como aseguran que ordenó una mujer a su estilista para callar a la clienta que aplaudía la detención de Alfredo Beltrán Leyva, alias el Mochomo, el 20 de enero de 2008 (el verdadero inicio de la guerra aquí). No, ella me pide permiso para poner su bolsa Louis Vuitton. Interrumpiendo el súbito silencio, la cajera opina con desparpajo: “La oyó fuereña. El coraje de los buchones [la infantería del narco rural y urbanizado] no es con los de México.”
Lo más terrible ocurrió en 2008, aquel 8 de mayo en que un comando armado asesinó a Édgar Guzmán López, hijo del Chapo, evidenciando la ruptura con los hermanos Beltrán Leyva. Nadie olvida el desierto que era Culiacán el 10 de mayo porque el miedo impidió celebrar el Día de la Madre con la tambora a toda marcha. Los culichis, como se llaman a sí mismos los nacidos en Culiacán, me dicen que este 2009 se han sentido mejor porque el Ejército ya no circula por las calles. “Nada pasa si uno no se mete.” Las calles parecen serenas pese a que el Mal con mayúscula anda suelto, según cuenta un taxista exaltado. Me siento reconciliada con la tierra donde mi abuelo culichi fue asesinado con saña en 1941. En esta tierra casi todos tienen un pariente víctima de la violencia histórica del estado. La sangre derramada emponzoña a las generaciones. Los sagrados alimentos están contaminados por conversaciones sobre homicidios y decapitaciones, sobre cateos del Ejército documentados por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, sobres víctimas inocentes de balas perdidas o de tiroteos entre narcotraficantes y soldados y entre grupos rivales de la delincuencia. El horror se sienta a la mesa.

■ “La violencia ya tocó el lenguaje, y cuando algo toca el lenguaje ya tocó todo”, me dijo el escritor sinaloense Geney Beltrán Félix. Una noche un hombre de unos 37 años, de una familia dedicada al sector de los servicios, el que más producto interno bruto produce en el estado, me lleva a un barrio donde no entra ni un soldado. “Mira a esos motociclistas. Sus armas están debajo de la sudadera. Todo el tiempo pasan los vigilantes de los narcos.” Nos instalamos en la mesa larga de una taquería de carne asada al aire libre. “Aquí nos protegen los asesinos: son buena gente, son mis amigos”, recalca Víctor antes de contar que mataron a un joven que él conocía. Su protector, un narcotraficante importante, llegó al velorio y dijo a la madre “préstemelo”. Y se fue con el cadáver a despedirlo. Luego lo regresó y el sepelio continuó.
“¿Ves esas casas de enfrente tan bien construidas? Hace diez años tenían techo de cartón y láminas sobre la tierra. A ver, ¿de dónde sale todo eso?” Señala a un muchacho. “Le faltan varios dedos. Lo tuvieron diez días secuestrado. Los calentamientos de los narcotraficantes son terribles. Muchas veces andan en coca. Los tienen tres días o cuatro encerrados, cortándolos en pedacitos.” Me tenso. ¿Son buenas personas pero hacen calentamientos?” “¡Ah no! El narcotráfico es un cáncer social”, revira Víctor. “Los conozco a todos desde niño. Son muy amables. Pero para el negocio son durísimos. Viven para sí mismos pues han sufrido mucho. Su corazón se endureció. Son friísimos.”
“¿Cuántos muertos hubo en la balacera de enfrente?”, pregunta al propietario. Mirando la calle oscura, este contesta: “Eran seis, pero dijeron que cuatro.” En esta esquina perdida del Culiacán más negro me entero de que no fue una bazuca lo que mató al hijo del Chapo sino un lanzagranadas. “Así son los periodistas.” La noche termina con el relato sobre el ahorcamiento de un personaje a quien terratenientes del sur, enemigos de la Reforma Agraria de Lázaro Cárdenas, forjaron una leyenda negra. El crispante gesticular de Víctor me enerva. Pero él continúa su relato, vertiginoso, in crescendo.

■ Pienso a Culiacán como un lugar infernal, pero Sinaloa es tierra de contrastes extremos y cuenta con sitios paradisíacos como su Jardín Botánico, uno de los más importantes del mundo y eje del proyecto de arte público más ambicioso de América Latina, impulsado por el coleccionista Agustín Coppel. Creado hace 24 años, cuenta con tres ecosistemas –selvático, boscoso y acuático– y con 30 mil visitantes por mes. La violencia también llegó aquí con la persecución policíaca de un sicario contratado para asesinar a un profesor. Por suerte no logró su objetivo.

■ La esquina de la avenida Sinaloa es, a las diez de la noche, un lugar de ruido y confusión donde circulan, en inacabable chirriar de llantas, las Hummer, las Lobo, las Pathfinder y otras camionetas lujosas, muchas nuevas y sin placas. Sus dueños exhiben, además de motores potentes, una grandísima y banal destreza para ejecutar sobre el asfalto todo tipo de suertes. En esta Babel motorizada los corridos del narcotráfico suenan desde las bocinas de costosos estéreos habilitados para el reventón. Es sábado y quedé de ver al periodista Francisco Cuamea –secretario particular de Manuel J. Clouthier C. y ex subdirector de Noroeste– en un café cerca de donde, se dice, está la casa de un poderoso narcotraficante. Estoy esperando en compañía de dos comunicólogas con quienes vi la función del grupo Delfos Danza, fundado por Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruiz, cuando me señalan a dos muchachas de pelo oscuro, largo, muy lacio, y ropa entallada. Bajan ágilmente de una camioneta blanca atravesada a medio camellón, descuelgan una manta con la fotografía de un joven que cumple años, y la doblan al tiempo que el conductor de otra camioneta –negra, lujosa y de rines alzados– se estaciona para saludar obstruyendo la circulación del carril izquierdo. Un convoy de soldados pasa cerca de los vehículos en flagrante violación de tránsito. “¿Tú tienes miedo?”, me pregunta Gloria Cuamea. Niego con la cabeza al notar que no he sentido temor en todo el viaje. “El miedo no existe en Culiacán como se lo imagina la gente. La vida no se detiene”, comenta. “Hay que verlo, las muchachas andan tranquilas de noche.” Sin embargo, a ella le tocó una rafagueada frente a su casa: “Vi como morían dos policías, vi sus estertores.”
“¡Pero si son unos escuincles!”, exclamo ante lo que parece un inofensivo pandemónium adolescente protagonizado por un centenar de vaqueritos antisociales, aunque lleven camisas Ed Hardy o gorras en vez de sombreros, con carros de nuevos ricos adaptados para jugar a los arrancones en los altos. Uno de esos jóvenes rechina llantas durante quince segundos mientras ejecuta una “aguilita”. Varios montan su vehículo en el camellón y beben Buchanan’s. ¿De la marca de este whisky podría proceder el vocablo buchones que designa a la “infantería” del narco? En todo caso, es una palabra de la sierra sinaloense. Me río sin alegría, casi sarcástica. ¿No era esto lo que, al morir Franco, llamaron los españoles “tomar la calle”? Un psicoterapeuta sinaloense lo definió con un anglicismo: “Es conducta aspiracional.”

■ A bordo de un pequeño auto rojo, nos introducimos en una noche fantasmagórica. Hay tres o cuatro clínicas instaladas a la salida a Sanalona para atender a los traficantes heridos y rematados en sus camas; recorremos el bulevar Francisco Madero. En lugar de las tradicionales bandas sinaloenses, nos topamos con tres mariachis, solitarios debido al auge del corrido sobre los nuevos héroes narcotraficantes; pasamos frente a un prostíbulo con el tradicional foco rojo; y vamos a dar a un inmenso lote baldío atiborrado por una multitud pendiente del concierto de El Coyote, una forma de fiestear en provincia. Hay decenas de chavos bebiendo en la calle, con las puertas abiertas de sus camionetas y con el volumen de sus estéreos sobrepasando todas las normas.
En dos minutos alguien nos cierra el paso por la izquierda para detenerse a platicar con sus amigos. Cuamea intenta dar reversa pero un tipo se pone atrás y nos deja encerrados. Aprieta los labios, maniobra hábilmente y elude la trampa. No miro al agresor. Ya aprendí que en Culiacán se pasa del pensar al actuar en un parpadeo. Gloria define: “Aquí la vida no tiene valor. Los automovilistas traen a los niños en el brazo izquierdo, y manejan y hasta contestan el celular.”
“Están coartando la libertad individual. Es una narcodictadura. Está en todas partes. Es en el df donde detienen a los hijos de los capos. Ahora sólo es cuestión de que tomen sus calles. Los muertos aparecen, la policía los encuentra. Es una cultura de la prepotencia derivada de la impunidad y la corrupción”, afirma nuestro Virgilio. Inmersos en un denso silencio, dejamos atrás caserones incautados por la PGR y antros de nombres sonoros a los que dejará de ir la gente común cuando los tome el narco. Pasamos junto a la Isla Musala, proyecto cuestionado por presunta venta impune de tierras. Rodeamos las bardas de La Primavera, a un lado del canal donde el narcotráfico arroja, por conveniencia geográfica, a sus asesinados. Escucho a Cuamea como si estuviera muy lejos de mí. “2008 hizo que nos cayera el veinte. Sabíamos que existía el narco, pero las balaceras ahora son a la luz del día, con decenas de víctimas inocentes.” Le enfurece que se vea a su estado como un “Sinaloa Curious”, con todo y el santito de los narcos, Jesús Malverde.
“¿Ya te empezaste a indignar?” Mi interlocutor está muy serio. Me invade un súbito desaliento. Por fin, a una seña del guardia, el pequeño auto rojo ingresa al fraccionamiento residencial donde me hospedo, una más entre tantas ciudades amuralladas.

■ Un día escucho a una mujer plantosa, inteligente, confiarle a su marido que viene de conocer, en el consultorio del dentista, a la esposa de Ismael el Mayo Zambada. Una dama de caridad que estaba con ella le vio el fajo de billetes y le pidió dinero para las monjitas. La mujer del narcotraficante accedió: “A ver cuánto juntamos.” El esposo se altera. “¡Eso es legitimar!” Ella insiste: “El dinero sucio está en todos lados. No se vive de otra manera. Esto es una buena obra.”

■ En 2008 ni las autoridades de la Universidad Autónoma de Sinaloa ni la comunidad universitaria exigieron un alto a la violencia. Sólo hicieron un modesto “homenaje” a los maestros asesinados con el joven Cristóbal Herrera. La Universidad de Occidente, que depende del gobierno del estado, permaneció en silencio. “Tampoco hay muchos académicos estudiando el tema. En Historia de la uas llegan sólo hasta el narcotráfico de los años ochenta. En el doctorado de Ciencias Sociales se introdujo apenas en 2007 la línea del narcotráfico ‘por seguridad’”, se indigna Anajilda Mondaca, autora de Las mujeres también pueden. Género y narcocorrido. Surge el tema del boom de narrativa policíaca sobre el narcotráfico. “Está muriendo gente pero algunos hacen negocio”, indica Cuamea.

■ Hace dos años el director de teatro Alberto Solián puso en escena Contrabando, una novela de Víctor Hugo Rascón Banda sobre el alcohol que llevaban a Estados Unidos los mexicanos en la época de la prohibición. Iba a hacer una gira de cuarenta funciones por San Ignacio, municipio serrano al sur de Culiacán. El proyecto abortó cuando, en la segunda presentación, entró un sujeto con metralla. Hubo gritos, desbandada. No disparó. Gracias a Dios.

■ Culiacán de las Cruces. Paraíso Negro. Sucursal del Apocalipsis. Estos son algunos de los nombres con que los humoristas políticos sinaloenses han bautizado a Culiacán, encontrando eco en una sociedad que, por lo visto, quiere ejercer el humor. Hoy la única revista de ese tipo en la entidad, La Locha, puede presumir de haber tenido su boom a partir de abril y mayo de 2008. La entrevista con los humoristas de La Locha, en un café cantante, a espaldas de la Catedral, se convierte en un inesperado festín de humor negro y de imágenes insólitas, ¿o fascinantes?, como califican algunos intelectuales, donde aparecen narcos sepultados con todo y camionetones lujosos, hieleras con manos, botas con pies cercenados.
“Los Lochos”, con Arturo Vargas a la cabeza, mencionan a los imitadores del narcotráfico, los wannabe. “La modita disminuyó en 2008, pero hubo profesores vestidos con el estereotipo buchón: botas puntiagudas de piel de víbora o avestruz, cadenas de oro al cuello, camisas Versace y jeans. ‘Hey, ¿ese amigo es narco?’, preguntaban. ‘No, es maestro de la uas.’” Su oficio es muy peligroso: nombrar a alguien es firmar una sentencia de muerte.

■ El capital agrícola de Sinaloa está en manos del narcotráfico en un 20 por ciento, calcula Alonso Campos, ingeniero agrónomo y licenciado en Letras conocido porque “no se calla”. Como presidente del Consejo Estatal del Maíz en férrea oposición al cultivo del maíz transgénico, lo considera una propuesta de muerte riesgosa para el maíz, en cuyo cultivo Sinaloa es potencia a nivel nacional e internacional. Y es que hablar en Culiacán, lo que se dice hablar, es ignorar la muerte que está al doblar la esquina, ser lo que era un hombre completo, esos que eran marca de fábrica en la Sinaloa rural, antes y después de Pedro Infante, y que “ya no existen”, según escuché una y otra vez. Señala el problema de un estado que no hace mucho fue “el granero de México”: la competencia del narcotráfico que abruma y daña a los agricultores. “El clandestinaje ha llegado a la actual hegemonía social y cultural porque todo el mundo quiere estar cerca del dinero”, afirma.

■ Mala cosecha. Cada 1 de noviembre los panteones de San Ignacio hierven de deudos como Alberto Solián y su padre, quienes visitan a sus parientes en Coyotitlán, El Carmen, Cabazán, Piaxtla y San Javier, con sus casas de techos de dos aguas. Suelen viajar por la libre, junto a cerros y plantíos, con las coronas mortuorias en la cajuela. En cada tumba, el anciano ora en voz baja. Los epitafios de varias consisten en versos sobre la fragilidad de la vida. Y como no todo puede ser sombras esquivas y mundos desvaídos, los vivos dedican el día a disfrutar. Solián tiene razón: no hay gente mal alimentada. Aunque este verano no hay tanto maíz para vender porque no llovió.

■ El panteón de los narcos. Parece una juguetería elegante. El carrusel está funcionando bajo la intensa iluminación. Cerca hay muñecas rubias de ojos azules, una cocinita a escala infantil, vestidos hampones, zapatillas de colores, aros, un triciclo y, desde luego, moños luctuosos con flores costosas. La difuntita debe ser hija de algún traficante, pues el mausoleo, en mármol y cantera, tiene dos pisos y, parece, aire acondicionado. Hasta en la muerte siguen las competencias. Aquí podría vivir una familia. Cayetano tiene 70 años. La guerra acabó con sus clientes y tuvo que cerrar su negocio de carnitas. Por eso anda en el taxi. En las mesas alquiladas se toma Buchanan’s y cerveza Modelo. Una tambora, una hora cuesta unos cinco mil pesos, despide a la niña. A los lejos resuenan los potentes acordes de “Que me entierre la tambora”. Debe haber otras veinte bandas en el panteón Humaya.
Cayetano va de la tristeza a la rabia. La guerra arruinó su Culiacán querido, pero ni las estrecheces ni la violencia le harán irse. Aquí encontró familia y trabajo. Sobre todo gente alegre y buena. Pasó hambres en la ranchería del Lago de Chapala donde nació. Lo golpeaban y huyó al norte. Cambia de tema. Su mujer y sus hijas son blancas, de ojos verdes. Muy bonitas, como todas las culichis. Cuando le pedí ese 2 de noviembre que me llevara al Humaya, cerca de la salida a Mazatlán, dijo: “Con suerte y nos toca balacera.” Los narcos aprovechan el día de muertos para saldar cuentas. En el Humaya muchas capillas ostentan grandes fotografías de muchachos menores de 25 años. La gente vive rápido. Preferible vivir un día como rey que toda la vida como buey, se repite. “¿Se imagina toda una vida de miserable? Claro que prefirieron sembrar mariguana.” Vemos dos tumbitas discretas, apenas dos montones de tierra, iluminadas por los destellos que provienen de una capilla como mansión.
“Vio la Ciudad de los Muertos, ahora vamos a la Ciudad de los Vivos. Ahí está La Primavera con su escuela, centro deportivo, calles con nombres de pueblos, una ciudad dentro de la ciudad.” Cayetano me rafaguea: “Cada vez están más lejos pobres y ricos. La pobreza extrema es vivir con techo de cartón y piso de tierra. ¿Quiere conocer las casas de los narcos en Colinas de San Miguel? Algunas parecen castillos. Abajo tienen los laboratorios.”
Salimos entre ríos de gente, hombres con jeans y botas, mujeres de negro, niños corriendo. La intensidad de las tamboras queda atrás. Bordeamos las callecitas del panteón, muy oscuras cuando no hay mausoleos. No veo bien, me siento frágil. Mi guía me jala del brazo para evitar que caiga en una tumba a medio excavar.

■ El economista Gerardo López Cervantes tiene razón: los cenotafios no son tumbas, son recordatorios, con sus cruces, de que el narcotráfico ha ido secuestrando la ciudad, haciéndose de un poder tal que sus familias se dedican a recordar públicamente a sus muertos. Ya hubo propuestas de regidores priistas para quitar los más de doscientos cenotafios del primer año de la guerra, iniciada el 30 de abril de 2008. Enfrente del centro comercial City Club está el cenotafio del hijo del Chapo. “Los amaremos siempre”, reza una inscripción al lado de tres iniciales, las suyas y las de otros dos muchachos caídos aquel 8 de mayo de 2008.

■ Breve diccionario periodístico, académico y literario del narcotráfico:
Ambivalencia. Ernesto Diezmartínez, sociólogo y crítico de cine. La posición frente al narcotráfico es ambivalente. La subcultura del narcotráfico ya se convirtió en una expresión cultural con todas las de la ley, sostiene un ex alumno mío, hoy director de Noroeste en Mazatlán. Entre los muchachos de la Universidad hay una condena, pero rascas un poco y reluce la ambivalencia: “Bueno, pero finalmente traen dinero a la sociedad, hacen lo que el gobierno no hace, ofrecen progreso.”
Batipalabras. Luis Astorga, sociólogo, especialista en narcotráfico. La mitología alrededor del narcotráfico es creada no sólo por los organismos del Estado sino por los traficantes y la prensa. Todos están compitiendo por ver qué mitología predomina en la cabeza de la gente. Se inventan etiquetas mediáticas que no ayudan en absoluto a comprender, como el fetiche lingüístico “narco”. Los medios son adictos a él, y a categorías de percepción generadas por los medios políticos y policíacos, como la de “cártel”. Me recuerdan aquella canción de la Sonora Santanera sobre las “batipalabras”. Cambia “bati” por “narco” y verás. Como sociedad cada día entendemos menos. La propia academia ha caído en el embrujo. No hay un análisis serio de este discurso, ninguna distancia crítica.
Ejecutómetro. Javier Valdez, periodista, autor de Miss Narco. El “ejecutómetro” es deshumanizado, cínico, dañino. Prefiero hablar en mis crónicas de esos latidos y esa carne con nombres y apellidos, porque los periodistas publicamos números y nos olvidamos de las historias de las personas que mueren.
Jóvenes. Anajilda Mondaca Cota, investigadora. Es inevitable que se relacionen los jóvenes narcos y los no narcos. Por entrevistas sé que hay mucho respeto entre ellos. Reconocen que la actividad es ilegal pero dicen: “Pues estamos en Sinaloa y estamos en Culiacán. Así nacimos y desde niños sabemos que el narcotráfico nunca se va a acabar.” Cualquiera te va a decir que el narcotráfico está tan naturalizado que ¡no pasa nada! Que el gobierno debería arreglarse con los narcos. Hay molestia, sobre todo desde 2008, de gente que se quedó sin trabajo porque los narcotraficantes se replegaron un poco. Hasta los mariachis hicieron una marcha.
Legitimación. Arturo Santamaría G., académico UAS Mazatlán. Los narcotraficantes están muy legitimados culturalmente. Están en los municipios, en la sierra, en el valle, en la costa. Participan en él desde niños hasta abuelos, para quienes es un estilo de vida, no una actividad criminal. Durante unas conferencias sobre el narcotráfico, una alumna me pidió la palabra: “A ver profesor, yo quiero hablar. Soy sobrina del narco Fulano. Él hizo la escuela, la iglesia, el camino, los pozos de agua. Da dinero a la gente. Él no hace daño.”
Lenguaje. Juan José Rodríguez, novelista. La Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano recomienda llamar a las cosas por su nombre. Las “ejecuciones” y “levantones” son homicidios dolosos y el lenguaje oficial debe modificarse.
Muro. Enrique Vega, cronista del puerto de Mazatlán. Quisiera que cayera el muro de El Cid, un fraccionamiento muy grande que requiere credencial de residente para entrar. Con él comenzó una oleada de construcción de cotos privados. Ya no paseamos por las calles sino alrededor de bardas. Nos hemos encerrado en nosotros mismos, desconfiamos. Antes de denunciar pensamos en nuestra seguridad y ponemos cotos sociales alrededor de nosotros mismos.
Quimeras. Alejandro Sicairos, subdirector de Ríodoce. Todo en Sinaloa está salpicado de sangre; nada escapa al ambiente de zozobra. Pagamos las consecuencias de décadas de indiferencia ciudadana y políticos pusilánimes en el mejor de los casos, y cómplices en la peor de las circunstancias. La paz, la tranquilidad, la seguridad pública se volvieron quimeras y sus antónimos una pesadilla de la cual no hemos podido despertar. Todos sabíamos que esto iba a ocurrir y nunca hicimos lo debido para evitarlo.
Rezago. Gerardo López Cervantes, director de la Facultad de Economía de la uas. El narcotráfico es el causante de un grave atraso en Sinaloa. Su presencia y el lavado de dinero han afectado a muchas regiones. Los Altos tienen gran potencial agrícola, ganadero, turístico e industrial, pero no crece por falta de seguridad y de infraestructura.
Violencia. Isaac Tomás Guevara, psicólogo social. ¿Quién promueve la violencia?, pregunté a 600 encuestados culiacanenses. El narcotráfico, primero, y el gobierno corrupto, después. Luego aparecen la negligencia y la incapacidad de las autoridades. La violencia, que ya nos arrolló, es un proceso irreversible asociado al desarraigo y a la falta de identidad, sobre todo en el sur, porque el 70 por ciento no vive donde nació. El académico Nery Córdoba ha registrado 2,000 poblados abandonados en la serranía.
Tristeza. Élmer Mendoza. Novelista. Sinaloa es más grande que sus penas.

■ El hijo menor de la contadora Alma Trinidad Herrera, Cristóbal, de 16 años, es una de las víctimas inocentes de la guerra del narcotráfico. Murió acribillado el 10 de julio de 2008, a dos meses del ingreso del ejército a Culiacán, en un taller mecánico de la colonia Los Pinos. Alma Trinidad deja deslizar dos lágrimas durante la conversación en un bullicioso café. Quiero saber si es peligroso sacar la grabadora, pues abundan los “no apuntes”, “no grabes”, “no tomes fotos”. Asegura que no. Aún está de duelo. Su hijo mayor, de 29 años, quiso proteger a su hermano pero no pudo. Se escucharon unos como truenos. Eran unos diez sujetos armados hasta los dientes. Puro cuerno de chivo. Pensaron que iban por alguien y corrieron. El mayor se metió debajo de una de las patrullas de la Policía Federal que reparan en el taller mecánico. Cristóbal no pudo esconderse porque estaba cerca de un carro con la suspensión muy baja. Se agazapó nada más. Y lo masacraron. Alma piensa a veces que es una pesadilla. “Yo no quise ver el cadáver de mi hijo. Sabía que estaba destrozado.” “¿Por qué me asesinaste?”, fue la pregunta que esta madre soltera imprimió en una manta. Ahí puso la fotografía de su hijo, un muchacho bueno que la ayudaba en las tardes en su despacho. Estuvo colgada casi un mes en un puente de Culiacán. Una segunda manta con la misma pregunta no duró ni una hora.
Su convicción contrasta con su dulzura, con su estilo de mujer culichi muy compuesta. Sin exaltarse, señala: “Ha tocado a muchos inocentes estar en el lugar equivocado. Culiacán es un lugar equivocado, porque aquí donde estamos sentadas pueden venir y balacearnos. Ya no respetan escuelas, niños, mujeres embarazadas. ¿Y la autoridad? Bien, gracias. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad que no queremos asumir. Si de perdida exigiéramos que el gobernador explicara al Congreso qué está haciendo. Pero ni eso. Tantos muertos que ha habido.” En el taller cayeron nueve. Entre ellos dos profesores de la uas, cuyos académicos fueron tachados de “escasez de genitales” por su tibia reacción ante el asesinato. Alma no reaccionó la primera semana, aunque la activista y académica Magaly Reyes, madre de un amigo de Cristóbal, la animaba. Nunca imaginó conducir protestas públicas. Menos crear Voces Unidas por la Vida, la primera fundación de padres víctimas de la violencia por narcotráfico en el estado. Las primeras marchas anduvo gritando los nombres de los responsables, “un secreto a voces”. Clamaba que le iba a escupir en la cara al gobernador. Hasta que un día le aconsejaron cuidarse. El grupo cuenta sólo con diez padres de víctimas inocentes, lo cual da una idea del miedo existente. Ya fueron al Senado de la República. “Mi mayor sueño es que me digan: ‘Ya se inició una averiguación sobre la muerte de Cristóbal.’” Al salir de la cita pasan tres jóvenes, cada uno con su cuatrimoto, el vehículo todo terreno inventado en los ochenta para las zonas agrícolas. Vamos cruzando la calle, Alma y yo, rumbo al Casino de la Cultura, donde se presenta una novela sobre el narco: Entre perros de Alejandro Almazán. “¿Son?”, le pregunto. “Sí, son”, afirma. “¿De otro modo cómo podrían comprar las cuatrimotos si valen más de 50 mil pesos cada una?”

■ Llegó el narco aquel con un anillo de diamantes. “Quien me trate bien se lo queda.” Era gordo, feo, un narquísimo. A las jóvenes beldades invitadas al cumpleaños les brillaron los ojos. Primero le ofreció el anillo a Bárbara, una sonorense temperamental que había llegado a Mazatlán en 1984. “Traje esto para la que se porte bien”, le dijo el hombre. “Uy, me queda muy grande”, respondió ella dándose media vuelta. Inmediatamente Lola –guapísima, con cuerpo espectacular, una niña de buena familia que no necesitaba dinero– le pescó el anillo. No le quedó en el dedo anular sino en el índice. “Y él, fascinado”, recuerda mi entrevistada. Nunca antes se habían visto. “Las mujeres se exhibían como si estuvieran en aparador para ser elegidas por el narco. La ambición las devoraba”, confiesa la mujer, que en ese periodo conoció a los narcotraficantes Miguel Ángel Félix Gallardo y Rafael Caro Quintero. Enumera los detalles de sus fiestas: las pistolas, los diamantes, la cocaína sobre las mesas, el desfile de veinteañeras como maniquís, las esclavas de oro con diamantes extravagantes, los trajes impecables de los hijos de los narcos, educados en las mejores escuelas de Culiacán.
Lo extraordinario se recuerda siempre. Bárbara no tocaba el tema desde 1986. Cuando se instaló en el puerto gracias a Susana, ex condiscípula del hijo de un capo, Bárbara tenía abundantes cabellos castaños, boca bien dibujada y ojos de larguísimas pestañas capaces de sostener un cigarro Baronet. Cumplía 21 años. “Desgraciadamente éramos empleadas de la ex amante de uno, dueña de una tienda lujosa puesta, obvio, con dinero del narco. Nos caían todos. El capo aquel era propietario de un antro, una palapa con piso de madera donde un día me sacó a bailar.” Le impresionaban sus fiestas. Muchas duraban 24 horas. Hasta que el trompetista tenía la boca floreada. Una vez Caro Quintero sacó la pistola. “De aquí nadie sale hasta que yo lo diga.” Se quedó petrificada. “Eran fiestas tremebundas y debía ir.” Su refugio fue observar. Los hombres platicaban sobre sandeces. Bromeaban. Sólo mencionaron el “negocio” delante de las mujeres cuando detuvieron a Caro Quintero en Costa Rica, el 4 de abril de 1985. En la fiesta del sábado siguiente se criticó mucho la aprensión. Pero más se bromeó sobre una muchacha, presunta hija de un gobernador de Jalisco, que estaba en la cama con él cuando llegó la policía. “¡Ay, se robó a la plebe!”, exclamaban entre risas. Después de la detención todo se hizo más discreto. Los narcos llegaban a buscarlas porque no los iban a delatar. Se quedaban una semana y “ni nos tocaban”. A Lola se la llevaron a Estados Unidos. Allá sí los encarcelaban. No podían ser extravagantes. No salían. Iba sola a los centros comerciales. Se aburría. Las fiestas disminuyeron, “pero los Arellano Félix seguían yendo tranquilos a la playa. Lo único: no les gustaba que les pidieras dinero. Eso sí no”. Félix Gallardo era el más serio y discreto. Intimidaba con su mirada. Llegaba “con fajos de billetes de este ancho y te los botaba”. Los otros eran más rancherones, más de la sierra, exhibicionistas.
Bárbara no sabía que Caro Quintero era uno de los narcotraficantes más buscados por la dea. Era dueño del rancho El Búfalo, donde trabajaban cuatro mil hombres en la siembra de mariguana. Tampoco sabía que Francisco Arellano Félix era un personaje en la buena sociedad de Mazatlán. “Violencia nunca vi, tampoco que inhalaran coca. En un bar de moda los narcos y los federales se levantaban la copa de mesa a mesa. Me daba mucha risa porque mis amigos me encontraban un día en la mesa de los narcos y al otro en la de los federales. Estos eran muy monos. Nada más decían ‘no juegues con fuego.’” Una vez una compañera la invitó a tomar un café. “Nomás vente bien vestida.” De pronto se vio sentada entre señoras muy enjoyadas. Eran esposas de narcos. Hablaron de cosas de mujeres, como la crianza de los niños. “¿Cómo le pones límites a un adolescente si está viendo que su papá hace fiestas de 24 horas o se droga?” Nada de eso podía ocultarse. La posición de la amante era una; la de la esposa, otra. La violencia era para la segunda, pues había una intensa violencia familiar. Muchos vivían bajo los efectos de la droga. A una se le murió un hijo en un choque provocado por una discusión conyugal. Bárbara supo de un narcotraficante que silueteaba a su mujer a balazos. Estaba rodeada de puros narcos. Lo supo ese día del café, cuando las oyó. “¿Supiste del arresto?” Me preocupa mi marido. Anda en la sierra. “Me acuerdo que un Arellano Félix hizo una fiesta. Yo cargué a su hijito de tres años. De repente el niño cogió una pistola de la mesa. ‘No, mijito. Eso no es un juguete’, dijo su padre.” Acude a mi mente la imagen, recientemente vista en El Debate, de unos niños desarrapados jugando con casquillos de bala, después de un tiroteo en una colonia de Culiacán.
Bárbara tuvo un pretendiente cuando vendía tiempos compartidos. Llegó y pagó de contado. En dólares. “Vamos a celebrar.” La venta tenía buena comisión, y ella aceptó. Ya en la cena él quería amor eterno. Se dijo agricultor. “¿Qué siembras?”, preguntó. Él volteó, burlón: “Pepinos, zanahorias.” Ella se rió. Él empezó a visitarla, a fijarse en el refrigerador vacío. “Una vez me dio mil pesos, unos diez mil de ahora. Compré lo que necesitaba y mucho más.” Después él le dijo que era hijo del narcotraficante Perengano. Una noche llegó pasado de copas y se quedó dormido. En la mañana ella le hizo un caldo de verduras, unos chilaquiles picosos. Compró cervezas. “Para él fue un súper detalle porque todo mundo les sacaba dinero. Después comimos en un restaurante. Había ley seca y convencí al mesero de que nos sirviera cerveza en tazones de sopa. Eso se le hizo otro detallazo. No era algo especial, así soy, pero él se derretía. Tendría unos 35 años. Me propuso matrimonio al día siguiente. Quería un hijo. Le dije que ni lo conocía. Pero para él ya nos habíamos tratado lo suficiente. ‘¿Qué quieres de la vida? Yo te lo doy. Donde pongo el ojo pongo la bala.’ Vi que hablaba en serio. A los pocos días me regresé a Sonora. Fue el momento. Todos mis valores se estaban haciendo pinole.”
Bárbara baja la vista. Conserva las celebradas pestañas, su seña de identidad entre los narcotraficantes. Algunos problemas de salud la traen de capa caída. Con sobrepeso. En la pared hay una foto en la que luce jovencísima, radiante. Suspira hondo, oprime con suavidad su vientre –“aquí siento las emociones”– y, con una risilla bailándole en los labios, me confronta con su acento norteño: “Te la creíste, ¿verdad? ¡Yo no me llamo Bárbara!” Luego se pone muy seria: “Pero todo lo que te conté es cierto.”

■ “¡Lo van a matar! ¿Anda con escolta?”, repetía la gente a mi alrededor el 6 de noviembre. Ese viernes los culichis desayunaron con la noticia de que Manuel Clouthier Carrillo, el Maquío II, ex director de Noroeste e hijo de Manuel Clouthier del Rincón, había declarado que Sinaloa tiene dueño. Figura controvertida, muchos esperaban que se ajustara a la leyenda garabateada por su padre en la hoja final de su agenda, poco antes de morir en 1989: “El peor de los castigos en el Infierno está destinado a aquellos que se mantienen neutrales en tiempos de crisis: Dante, La Divina Comedia.” Algunos, como Alejandro Sicairos, de Ríodoce, ven en él una “disposición a evitar que la narcopolítica cause a Sinaloa mayores daños”. Pero Clouthier acaba de anunciar, a mediados de febrero de 2010, que no buscará la gubernatura: “¿Qué vas a hacer en Sinaloa? Tienes dos opciones. O pactas con el crimen organizado o pactas con el gobierno federal. Son las únicas dos formas de gobernar. Yo no voy a pactar con el crimen organizado, y si no soy capaz de establecer un compromiso con el gobierno federal, no tengo nada qué andar buscando en Sinaloa, que es un mugrero.”

■ Oigo la tambora por primera vez en vivo durante la comida posterior a la presentación de un libro de David Rubio Gutiérrez, Mocorito, la Atenas de Sinaloa, durante las fiestas por el 404 aniversario de la fundación de Badiraguato, el municipio considerado como la capital del narcotráfico en México, ubicado en las estribaciones de la Sierra Madre Occidental. Esta música, vigorosa y melódica, me llena de una alegría casi explosiva que procuro ocultar. De todos modos alguien dice: “Se te nota la cuna.” Unas horas antes, durante el viaje de ida a la cabecera municipal, el compositor Rubén Rubio Valdés ha dictado cátedra, llevado por el entusiasmo, sobre la tambora clásica. Su sueño de llevarla a la sinfónica se hizo realidad gracias al estadounidense Gordon Campbell, radicado en Culiacán, con un concierto considerado imposible, donde incorporó al repertorio de la Orquesta Sinaloa de las Artes no sólo polcas y danzonetes sinaloenses centenarios sino los instrumentos de viento llevados por los bávaros Jorge y Enrique Melchers y Celso Fuhrken al Mazatlán del siglo XIX. La tambora es descendiente de las marchas militares alemanas y se hizo popular en Sinaloa entre los años treinta y cincuenta del siglo XX. Hoy las bandas incluyen de 14 a 20 músicos dedicados a tocar sus trompetas, trombones, clarinetes, tubas, tamboras, cornetes, bajos, tarolas y platillos. La vida sinaloense no se entiende sin la tambora campesina, y se dice que aún existen poblados donde se escolta con su música a los moribundos desde su lecho de muerte hasta la tumba. En Sinaloa el crimen organizado se expresa con la tambora. Incluso hay imágenes surrealistas como la descrita por el director de teatro Alberto Solián: la de un grupo de presuntos narcos remolcando, con su camioneta, una lancha donde los músicos de una tambora tocaban a todo. Era un cumpleaños.

■ En Sinaloa, se dice, sólo hay dos estaciones: la del tren y la del calor. Badiraguato, “la cepa de la cepa” del narcotráfico, disfruta este noviembre de un cálido invierno de 27 grados. Pero el verano pasado los termómetros marcaron 50. Gilberto López Alanís, director del Archivo Histórico General del Estado de Sinaloa, historiador y economista, decide invitarme. “La violencia en Sinaloa es histórica. Mentira que los pueblos sean bucólicos. Debajo están hirviendo, y más con dinero.” Esta región es la de peor fama en Sinaloa. Aquí nació el narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo. Aquí se cultiva, desde hace más de cien años, la amapola blanca de tintes violáceos. Aquí los chinos enseñaron al campesino a extraer la goma de opio. Los Tigres del Norte, compositores de corridos del narcotráfico, nacieron en Rosamorada, un poblado cercano. Durante el recorrido por carretera –son 85 kilómetros desde Culiacán– la conversación se centra en tópicos sinaloenses como el formidable desarrollo tecnológico en la agricultura que convirtió al estado en el granero de México. Se mencionan también la pujante industria pesquera, el ganado de primera clase, los extensos litorales del Pacífico. La belleza femenina, que es motivo de plática a toda hora, merece capítulo aparte de tan alabada y común en estas tierras. Todo transcurre bucólicamente, por así decir, hasta que aparecen, del lado contrario de la ruta, doce convoyes militares con 240 soldados acomodados de veinte en veinte en los vehículos. Rubio Gutiérrez, que nos acompaña, señala que regresan de quemar campos. Una violencia soterrada irrumpe en medio del paisaje.
“No se trata de condenar el fenómeno del narcotráfico sino de entenderlo. Históricamente Badiraguato tiene un destino. No creas que nadie está contento. Se repudia esto. Desde principios del siglo XX la región tuvo la desgracia de ser el laboratorio de la siembra de la adormidera porque la sierra tenía las condiciones climáticas y estaba cerca de la capital. Había un corredor de estupefacientes y la Revolución no fue ajena. Es un centro serrano cercano al mar, a la frontera estadounidense. Pero esta gente –descendiente de vascos, judíos conversos e indios guerreros, y educada por jesuitas avanzados– domina su naturaleza, es muy autónoma, muy capaz de sobrevivir”, explica López Alanís. De pronto suena mi celular. “Ah, estás en Badiraguato. Algunos datos: su prisión tiene las mejores instalaciones y sólo cinco reos; Antonio Malecón fundó la Universidad de la Sierra en Surutato; el anterior presidente municipal no tenía primaria.”

■ Un hombre de 1.90 metros habla sobre sus jornadas de cacería de venado en la sierra, en lugares casi inaccesibles. “Ves matas de mariguana mucho más altas que yo.” Al Chuy le chifla la belleza del paisaje, las guacamayas de vivos colores. Los guías, cuenta, van con su coca envuelta en papel periódico. “Snif, snif. ¿Quiere?” Podría pasar horas oyéndolo. “Los narcos colombianos de los ochenta volvieron adictos a los de Sinaloa porque les pagaban con cocaína. Hasta hubo un músico viejo que se hizo catador de heroína para salir de la miseria.” Al despedirnos ya no encuentro su mirada brillante. “Es lo peor. Acostumbrarte. Y aquí te pasa.”




Magali Tercero nace en la Ciudad de México en 1957. Cronista, editora y periodista cultural. Escogió el periodismo desde los dieciséis años y hace de los géneros, pero especialmente de la crónica, su vehículo para ampliar, matizar y establecer los márgenes de intimidad de sucesos y personas.

Wednesday, January 19, 2011

Sacrificar la literatura mexicana

Heriberto Yépez/ Hache
Tijuana, México

La obra de los literatos actuales no influye substancialmente
a creadores extranjeros o lectores nacionales.
Su campo de influencia se reduce a colegas menores.

La semana pasada dije que nuestros antropólogos, arqueólogos, historiadores de los mundos indígenas prehispánicos y actuales sobrepasan a los grupos que normalmente identificamos como los más representativos de nuestra intelectualidad.

¿Cuáles son las bases de una afirmación tan temeraria? Daré algunos argumentos. Me concentraré en los literatos.

Primero: los literatos mexicanos —aun los traducidos— son islas. Académicos los analizan, pero ni poetas ni narradores (mucho menos ensayistas) mexicanos influyen en otras literaturas. Mundialmente son irrelevantes.
(Además: casi siempre monolingües, autocolonizados).
Los estudiosos del mundo mesoamericano, en cambio, no sólo dialogan con otros especialistas extranjeros sino que —en ciertas áreas— encabezan. Ningún escritor mexicano puede presumir ser el líder en su campo escritural.
Segundo: ningún poeta o novelista mexicano después de Paz, Fuentes o Monsiváis ha conseguido modificar —para bien o para mal— la forma en que el mexicano se concibe. La obra de los literatos actuales no influye substancialmente a creadores extranjeros o lectores nacionales. Su campo de influencia se reduce a colegas menores.
El mesoamericanismo ha inspirado incluso a la contracultura (nacional y foránea).
Los mesoamericanistas —cuya identidad como arqueólogos, historiadores, etnógrafos, antropólogos, cosmólogos es móvil, algo que también los hace más intrépidos que los letrados unidimensionales— paulatinamente han rehecho la autodefinición del mexicano. Han modificado la cultura.
Tercero (de índole estético): ¿qué cuento, poema o novela mexicana puede superar en belleza los mundos y submundos indígenas descritos en las obras de decenas de estos estudiosos mexicanos? Nada es Farabeuf cotejado con Xibalbá.

Venideros siglos no memorizarán nuestros versos mestizos. Lo que perdurará de México será el numinoso imaginario indígena, en cuya trasmisión han intervenido académicos mexicanos, aparentemente grises.
Rulfo lo sabía.
En una de tantas veces que se le preguntó por qué no había hecho más libros después de El llano en llamas y Pedro Páramo, Rulfo explicó que eso era falso. Había hecho muchos libros, como editor del Instituto Nacional Indigenista.
¿Mero juego de ideas? Mi hipótesis es que el silencio de Rulfo se trata de un casi involuntario augurio, que no hemos descifrado adecuadamente.
Rulfo sabía que (él) había culminado la literatura mexicana. Lo que habitualmente tomamos como el silencio o bloqueo de Rulfo fue, en verdad, profecía y servicio.
Rulfo sacrificó la más bella literatura mexicana a los antiguos dioses.
Lo que el silencio de Rulfo significa es que los libros y cosmos a los que había que dedicarnos ya no eran los literarios, sino los libros y cosmos indígenas.

Wednesday, October 6, 2010

José Saramago en sus palabras


El amor, la vida, la muerte, la literatura, la religión, son algunos de los temas que abordó el escritor portugués en sus encuentros con la prensa. Publicado por Alfaguara, esta semana comienza a circular en México un libro que reúne gran parte de esas declaraciones, del cual ofrecemos el siguiente adelanto...

La vida, que parece una línea recta, no lo es. Construimos nuestra vida sólo en un cinco por ciento, el resto lo hacen los otros, porque vivimos con los otros y a veces contra los otros. Pero ese pequeño porcentaje, ese cinco por ciento, es el resultado de la sinceridad con uno mismo.
La Vanguardia, Barcelona, 1 de septiembre de 1997

Digamos que la vida nos propone cosas. A veces, nos sentimos en condiciones de aceptar la propuesta y emprendemos una labor. Otra veces, no. La vida no es una obra de teatro. En una obra de teatro, todo está en su sitio, cada elemento tiene una función. La articulación de todos los elementos para conseguir crear unos efectos dramáticos está muy bien pensada. La vida no piensa. Vivimos en el caos. Lo que ocurre es que vivimos en un espacio limitado dentro de otro espacio que escapa a nuestra capacidad de comprensión.
Ler, Lisboa, núm. 70, junio de 2008

Ya no cambiaré de opinión, ni me queda tiempo en la vida para cambiarla: el ser humano no tiene remedio.
Setembro, Lisboa, núm. 1, enero-marzo de 1993

Muchas cosas me parecen enigmáticas. Las dificultades empiezan con la historia de mi nombre. El apellido de mi padre era Sousa y no Saramago. Él se llamaba José de Sousa. Sucede que, en Azinhaga, la aldea donde nací, las familias no se conocían por el apellido, sino por los apodos. El apodo de mi familia era Saramago, que es el nombre de una planta silvestre que da una florecilla de cuatro pétalos y que crece en los rincones, casi siempre olvidada.
O Estado de S. Paulo, São Paulo, 21 de septiembre de 1996

Cuando nací, mi padre se dirigió al registro para inscribirme y se limitó a decir: Se llamará José, como su padre. El empleado del registro civil, por su cuenta y riesgo, añadió al apellido verdadero, Sousa, el apodo de Saramago. Y así me convertí en José de Sousa Saramago. Mi padre descubrió el error cuando ya tenía siete años. Para matricularme en la escuela primaria, tuvo que presentar el certificado de nacimiento, y ¡entonces supo que me llamaba José Saramago! Lo más grave es que a él no le gustaba ese apodo.
O Estado de S. Paulo, São Paulo, 21 de septiembre de 1996



Saturday, April 10, 2010

I love la narcocultura

Heriberto Yépez/ Hache
Tijuana, México

La revista Proceso publicó una entrevista que Julio Scherer García realizó a uno de los narcotraficantes arquetípicos de México: Ismael “El Mayo” Zambada.
Hace algunos años hablé con el máximo escritor de Tijuana, Jesús Blancornelas, fundador del semanario Zeta. Uno de los temas que tocamos fue la seducción de la frontera hacia el narco. No olvidaré nunca su cara cuando le pregunté si él no se sentía, involuntariamente, el cronista oficial del Cártel de Tijuana.
Como muchos, respeto a Scherer. Pero si uno lee su entrevista algo resalta: quedó seducido por el narco. La portada habla por sí misma. Amor a primera vista.
Scherer habla del narco “como un imán irresistible y despiadado que persigue el dinero, el poder, los yates, los aviones, las mujeres propias y ajenas con las residencias y los edificios, las joyas como cuentas de colores para jugar, el impulso brutal que lleve a la cúspide”.
México está fascinado por el narco.
A esta sociedad le encanta el narco porque representa el PODER ilimitado. La Silla convertida en Chevy.
El narco “desafía” al gobierno. Como todos odiamos al gobierno, la narcocultura, de inmediato, tiene millones de fans.
Pero —he aquí la clave de la narcocultura— aunque el narco parezca oponerse al gobierno, en realidad, lo subsidia. La narcocultura es la fórmula perfecta para adorar al autoritarismo. Los narcos y los padrecitos son símbolos de lo mismo: el patriarcado.
Los sacerdotes católicos son pervertidos. Por eso la gente puntualmente besa sus manos.
Lo mismo sucede con los narcos. Los adoramos porque sintetizan todas nuestras contradicciones. A la vez querer ser santos y criminales, héroes y culeros.
Ciudadanos, periodistas, funcionarios, empresarios, creemos que nos oponemos al gobierno cuando, en verdad, somos su garrote.
“El problema del narco envuelve a millones. ¿Cómo dominarlos? En cuanto a los capos, encerrados, muertos o extraditados, sus reemplazos ya andan por ahí”, dice (estilizado por Proceso) “El Mayo” Zambada.
Los periodistas —como los escritores o artistas— deben traspasar límites morales establecidos. Gracias a ellos debatimos los extremos sociales. Pero, vamos hablando claro, Scherer casi le pide un autógrafo al “Mayo”, dios-sol.
“La conversación llega a su fin. Zambada, de pie, camina bajo la plenitud del sol y nuevamente me sorprende”. “El Mayo” lo invita al Photo-Op: “¿Nos tomamos una foto?”
Scherer, literalmente caliente, comenta: “Sentí un calor interno, absolutamente explicable. La foto probaba la veracidad del encuentro con el capo”.
Según Lacan, el falo representa al poder. En México, el falo hoy lo simbolizan los narcos, poderosos, cabronsotes, ¡Chingones!
Para decirlo con frases que aquí todos comprendemos —desde mi abuelita hasta Scherer— esta cultura está enculada con el narco. A México ya se lo cargó la chingada.

Heriberto Yépez • hyepez.blogspot.com

Monday, October 13, 2008

Ni Philip Roth ni Joyce Carol Oates...

Literatura Nobel vs literatura gringa

Heriberto Yépez/ Hache
Tijuana, México

(...) Ni Philip Roth ni Joyce Carol Oates ni Paul Auster ni Don DeLillo son escritores literariamente revolucionarios. Son pacatos y reaccionarios. Escriben bien. Pero también escribe bien Marcela Serrano.

Aunque han estado regalando el Nobel a políticos literariamente correctos, esta vez Engdahl tiene razón. La literatura norteamericana mainstream es una majadería. Una tomada de pelo que agrada a miles de lectores y escritores, miembros del Nuevo Orden Provinciano Global.

Why? Sencillo. Refleja el conservadurismo de su vida y pensamiento. Todos estos autores norteamericanos reiteran una forma de ser semejante a la abanderada por las clases lectoras. La estetizan, es decir, la ironizan y embellecen en dosis equilibradas. El escritor y el artista contemporáneos consisten en fingir una distancia crítica. (...)

Sunday, October 12, 2008

Tierra y Turismo

Masacre en Chinkultic

Hermann Bellinghausen/ La Jornada
México, México

(...) Chiapas no es Quintana Roo. No pueden llegar los planes, los buldózer y los hoteles así como así. Pudieron en Cancún (esa especie de Las Vegas caribeño), y como son imparables ya van sobre Tulum, otra “ruina”. No es igual para los pueblos tzeltales, choles o tojolabales, que ancestralmente viven en las tierras mayas, y son campesinos allí, tiene derechos, tienen razón y tienen, si algo, lo que pisan las plantas de sus pies. (...)

Thursday, September 25, 2008

Ocho segundos de Nicanor Parra

Por Roberto Bolaño.



Sólo estoy seguro de una cosa con respecto a la poesía de Nicanor Parra en este nuevo siglo: pervivirá. Esto, por supuesto, significa muy poco y Parra es el primero en saberlo. No obstante, pervivirá, junto con la poesía de Borges, de Vallejo, de Cernuda y algunos otros. Pero esto, es necesario decirlo, no importa demasiado.



La apuesta de Parra, la sonda que proyecta Parra hacia el futuro, es demasiado compleja para ser tratada aquí. También: es demasiado oscura. Posee la oscuridad del movimiento. El actor que habla o que gesticula, sin embargo, es perfectamente visible. Sus atributos, sus ropajes, los símbolos que lo acompañan como tumores son corrientes: es el poeta que duerme sentado en una silla, el galán que se pierde en un cementerio, el conferenciante que se mesa los cabellos hasta arrancárselos, el valiente que se atreve a orinar de rodillas, el eremita que ve pasar los años, el estadístico atribulado. No estaría de más que para leer a Parra uno contestara la pregunta que se hace y nos hace Wittgenstein: "¿Esta mano es una mano o no es una mano?". (La pregunta debe uno hacérsela mirando su propia mano).



Me pregunto quién escribirá ese libro que Parra tenía pensado y que nunca escribió: una historia de la segunda guerra mundial contada o cantada batalla tras batalla, campo de concentración tras campo de concentración, exhaustivamente, un poema que de alguna forma se convertía en el reverso instantáneo del "Canto general" de Neruda y del que Parra sólo conserva un texto, el "Manifiesto", en donde expone su ideario poético, un ideario que el mismo Parra ha ignorado cuantas veces ha creído necesario, entre otras cosas porque para eso, precisamente, están los idearios: para dar una vaga idea del territorio inexplorado en el que se internan, y no muy a menudo, los escritores verdaderos, pero que a la hora de los riesgos y peligros concretos sirve de muy poco.



El que sea valiente que siga a Parra. Sólo los jóvenes son valientes, sólo los jóvenes tienen el espíritu puro entre los puros. Pero Parra no escribe una poesía juvenil. Parra no escribe sobre la pureza. Sobre el dolor y la soledad sí que escribe; sobre los desafíos inútiles y necesarios; sobre las palabras condenadas a disgregarse así como también la tribu está condenada a disgregarse. Parra escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado. El poeta mexicano Mario Santiago, hasta donde sé, fue el único que hizo una lectura lúcida de su obra. Los demás sólo hemos visto un meteorito oscuro. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.



Hay momentos en la travesía de un poeta en la que a éste no le queda más remedio que improvisar. Aunque el poeta sea capaz de recitar de memoria a Gonzalo de Berceo o conozca como nadie los heptasílabos y endecasílabos de Garcilaso, hay momentos en que lo único que puede hacer es arrojarse al abismo o enfrentarse desnudo ante un clan de chilenos aparentemente educados. Por supuesto, hay que saber atenerse a las consecuencias. Primer requisito de una obra maestra: pasar inadvertida.



Un apunte político: Parra ha conseguido sobrevivir. No es gran cosa, pero algo es. No han podido con él ni la izquierda chilena de convicciones profundamente derechistas ni la derecha chilena neonazi y ahora desmemoriada. No han podido con él la izquierda latinoamericana neostalinista ni la derecha latinoamericana ahora globalizada y hasta hace poco cómplice silenciosa de la represión y el genocidio. No han podido con él ni los mediocres profesores latinoamericanos que pululan por los campus de las universidades norteamericanas ni los zombis que pasean por la aldea de Santiago. Ni siquiera los seguidores de Parra han podido con Parra. Es más, yo diría, llevado seguramente por el entusiasmo, que no sólo Parra, sino también sus hermanos, con Violeta a la cabeza, y sus rabelesianos padres, han llevado a la práctica una de las máximas ambiciones de la poesía de todos los tiempos: joderle la paciencia al público.



Versos tomados al azar. Es un error creer que las estrellas puedan servir para curar el cáncer, dijo Parra. Tiene más razón que un santo. A propósito de escopeta, les recuerdo que el alma es inmortal, dijo Parra. Tiene más razón que un santo. Y así podríamos seguir hasta que no quedara nadie. Les recuerdo, de todas maneras, que Parra también es escultor. O artista visual. Estas puntualizaciones son perfectamente inútiles. Parra también es crítico literario. Una vez resumió en tres versos toda la historia de la literatura chilena. Son estos: "Los cuatro grandes poetas de Chile/ Son tres/ Alonso de Ercilla y Rubén Darío".



La poesía de las primeras décadas del siglo XXI será una poesía híbrida, como ya lo está siendo la narrativa. Posiblemente nos encaminamos, con una lentitud espantosa, hacia nuevos temblores formales. En ese futuro incierto nuestros hijos contemplarán el encuentro sobre una mesa de operaciones del poeta que duerme en una silla con el pájaro negro del desierto, aquel que se alimenta de los parásitos de los camellos. En cierta ocasión, en los últimos años de su vida, Breton habló de la necesidad de que el surrealismo pasara a la clandestinidad, se sumergiera en las cloacas de las ciudades y de las bibliotecas. Luego no volvió a tocar nunca más el tema. No importa quien lo dijo: La hora de sentar cabeza no llegará jamás.



Texto extraído de Entre Paréntesis.

Tuesday, September 23, 2008

Del nuevo ídolo [fragmento]

Así habló Zarathustra

Friedrich Nietzsche/ textos
Röcken, Alemania

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados. ¿Estado? ¿Qué es eso? ¡Bien! Abrid los oídos, pues voy a deciros mi palabra sobre la muerte de los pueblos. Estado se llama al más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: ¡Yo el Estado, soy el pueblo!

Saturday, September 20, 2008

Fragmento de "El Guardagujas"

El Guardagujas
Juan José Arreola/Cuentos
Zapotlán el Grande, México

... Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales (...)

Sunday, September 7, 2008

Canción para Papasquiaro

José Alfredo Zendejas Pineda, nacido, muerto y enamorado perdidamente de la ciudad de México. Se cambió el nombre a Mario Santiago Papasquiaro porque José Alfredo sólo podía haber uno: José Alfredo Jiménez; también es conocido como Ulises Lima. Fanático de The doors, poeta poeta (sí, dos veces) y detective salvaje. Fundó, junto a Roberto Bolaño y otros locos, el movimiento literario infrarrealista, etc.

AQUÍ, en esta sencilla pero tan útil página, pueden leer Aullido de Cisne, un poemario suyo (en el paisito en el que yo vivo no se consigue). Además de eso, pueden bajarse algún archivo de audio en el que él sale leyendo algo y la canción que les pongo a continuación. Y ya que el blog es mexicano (o al menos eso dice a la derecha), aprovecho para preguntar por el tal Román G. Jiménez que canta la cancíon. No pude encontrar nada más.

Los sueños de Mario Santiago - Román Jiménez



Friday, August 22, 2008

apuntes

Temporada de lluvias
Cosme Lau/ Temporada
Chihuahua, México

La canción sonó 27 veces en la recamara contigua, no pude dormir; al final, oí cómo estrellaba el aparato contra la pared. Hoy por la mañana, me pidió dinero prestado. ¿Para qué lo quieres, Esther? Para comprarme un walkman.

Friday, August 15, 2008

de Adán y Eva (III)

Has visto cómo crecen las plantas...

Jaime Sabines/ Poemas
Chiapas, México


—¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire, como cuando te quedas viendo el cielo del mediodía y tus ojos empiezan a evaporarse.

Las plantas crecen de un día a otro. Es la tierra la que crece, se hace blanda, verde, flexible. El terrón enmohecido, la costra de los viejos árboles, se desprende, regresa.

¿Lo has visto? Las plantas caminan en el tiempo, no de un lugar a otro, de una hora a otra hora. Esto puedes sentirlo cuando te extiendes sobre la tierra, boca arriba y tu pelo penetra como un manojo de raíces y toda tú eres un tronco caído.

—Yo quiero sembrar una semilla en el río, a ver si crece un árbol flotante para treparme a jugar. En su follaje se enredarían los peces, y sería un árbol de agua, que iría a todas partes sin caerse nunca.

Wednesday, August 13, 2008

fragmento

Espejos: Una historia casi universal

Eduardo Galeano/ La Ventana
Montevideo, Uruguay

A los griegos les encantaba matarse entre sí, pero además de la guerra practicaban otros deportes. Competían en la ciudad de Olimpia, y mientras las olimpiadas ocurrían, los griegos olvidaban la guerra por un rato. Todos desnudos: los corredores, los atletas que arrojaban la jabalina y el disco, los que saltaban, boxeaban, luchaban, galopaban o competían cantando. Ninguno llevaba zapatillas de marca, ni camisetas de moda, ni nada que no fuera la propia piel brillosa de ungüentos. Los campeones no recibían medallas. Ganaban una corona de laurel, unas cuantas tinajas de aceite de oliva, el derecho a comer gratis durante toda la vida y el respeto y la admiración de sus vecinos. [...]

Tuesday, August 12, 2008

guerra y olimpiadas

Rusia y el secuestro de un billón de sonrisas artificiales

Ari Volovich/ Día Siete
Jerusalén, Israel

Tengo que extender un sincero agradecimiento dirigido a Rusia (aka: Osetia del Sur) y a Georgia por su firme y valiente desinterés hacia las olimpiadas. No hay nada tan eficiente como una guerra a la antigua para ponerlo todo bajo una perspectiva más precisa: el mundo sigue y seguirá siendo un espacio terriblemente cruento, retrógrada e insensible, y ni el hecho de que Michael Phelps gane las 8 medallas de oro que nos prometieron (¿alguien sabía de la existencia de Michael Phelps antes de que comenzaran las cruzadas lanzadas por sus patrocinadores?), ni 50 mil toneladas de fuegos artificiales, ni un billón y medio de sonrisas ensayadas por una nación obtusa y xenófoba van a lograr cambiar absolutamente nada. La “tregua olímpica” es cinismo mediático, la guerra es lo que es.

Monday, August 11, 2008

Vivir Mejor

Somos Chatarra
Rodrigo Solís/ Pildorita
Campeche, México

(...) ¿Acaso el gobierno creerá que con una campaña tan tontorrona como “Vivir Mejor” vamos a dejar de ser unos gordos despreciables? ¿Pensarán que con contratar artistuchos de quinta (que para colmo están pasados de peso) que nos aconsejen subir las escaleras en vez de utilizar los ascensores del trabajo mágicamente vamos a dejar de costarle millones de pesos al Seguro Social porque nuestras venas tienen más azúcar que los ríos de chocolate de Willy Wonka? [...]

Monday, August 4, 2008

Parábolas y Paradojas - Franz Kafka

A Kafka casi siempre se le reconoce por "La Metamorfosis", y con razón, pues es muy buena, pero también tiene cosas igual de buenas e incluso mejores.



Aquí, algunas parábolas y paradojas...

Poseidón

Poseidón estaba sentado ante su escritorio, haciendo cuentas. La administración de todas las aguas le daba enorme trabajo.
Podría haber tenido auxiliares, todos los que quisiera (y los tenía en gran número), peor desde que tomó su trabajo con la mayor seriedad, terminó revisando todos los números y cálculos por sí mismo, y en esta tarea sus auxiliares constituían una muy pobre ayuda.
No se podría decir que su trabajo le gustara; lo hacía sólo porque le había sido asignado: ya había pedido un cambio, un trabajo más movido, pero cada vez que le habían ofrecido uno diferente se convenció de que, en realidad, lo mejor para él era su situación actual. Además, resultaba bastante difícil encontrar un trabajo distinto para Poseidón. No era posible asignarlo a un mar particular; dejando de lado el hecho de que en ese caso su trabajo sólo disminuiría en cantidad, el gran Poseidón sólo podría, en esa situación, ocupar un cargo jerárquico. Y cuando se le ofrecía un trabajo lejos del agua, la sola idea lo enfermaba, su divina respiración se alteraba, y su pecho de bronce comenzaba a palpitar.
Por lo demás, sus quejas no eran verdaderamente tomadas en serio; cuando uno de los poderosos se pone fastidioso, lo corriente es hacer esfuerzos aparentes para tranquilizarlo. En realidad era imposible imaginar un cambio de destino para Poseidón: había sido asignado Dios del Mar desde el comienzo y en ese puesto tenía que seguir.
Lo que más lo exasperaba (y era el motivo principal de su insatisfacción por el trabajo) era conocer las ideas que se tenían de él: como si siempre estuviera surcando las ondas con su tridente, cuando en realida permanecía sentado allí, en las profundidades, haciendo cuentas interminablemente, rompiendo de vez en cuando esa melancolía con alguna visita a Júpiter; visita, por lo demás, de la que generalmente regresaba enfurecido. De modo que casi no había visto el mar; sólo lo había contemplado fugazmente en alguno de sus apurados ascensos al Olimpo y jamás había viajado recorriéndolo. Solía decir que lo que él aguardaba era el fin del mundo, cuando, probablemente se le concedería un momento de tranquilidad durante el cual, justo antes del fin, y después de haber controlado la última hilera de números, le sería imposible hacer un rápido viajecito.
Poseidón terminó por aburrirse de su mar. Dejó caer el tridente. Se sentó en silencio en la costa rocosa.
Una gaviota, amedrentada por su presencia, volaba en círculos alrededor de su cabeza.


Un episodio de consecuencias
El hombre es una ciénaga infinita. Pero a veces lo ataca el entusiasmo y parece como si en un punto indefinido de esa ciénaga una rana se zambullera, produciendo una pequeña turbulencia, y desapareciera.

Nuestro camino
Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos imposibilita saber de qué nos estamos desviando.

Decisiones
Salir de un estado de decaimiento debe ser cosa fácil, aunque se logre a fuerza de voluntad.
De modo que me arranco del sillón; camino alrededor de la mesa: meneo la cabeza y extiendo el cuello; miro con ojos de fuego y no dejo músculo del rostro sin funcionar.
Contrarío mis más caros sentimientos: recibo con entusiasmo a A, y soportaría alegremente a B, si ahora mismo me visitara en mi habitación; y si se tratara de C, me tragaría todo lo que dijera, a pesar del cansancio y del dolor.
Pero aun actuando así, la menor falla arruinaría todo, y tendría que empezar de nuevo.
De modo que lo mejor que puedo hacer es soportarlo todo con serenidad; comportarme como un peso inerte, y no dar un paso innecesario por mucho que me sienta apartado.
Mirar a los demás con mirada animal; no sentir remordimientos; en resumen, sumergir la vida fantasmal que aún subsiste, darle el mayor paso posible a la calma de los sepulcros y terminar con todo.
Un movimiento característico de semejante estado de ánimo consiste en recorrerse las cejas con el dedo meñique.

*Parábolas y paradojas - Franz Kafka

Sunday, August 3, 2008

La pesadilla

La Pesadilla, Henry Fuseli, 1781
«No será inútil recordar los nombres de la pesadilla. El nombre español no es demasiado venturoso: el diminutivo parece quitarle fuerza. En otras lenguas los nombres son más fuertes. En griego la palabra es efialtes: Efialtes es el demonio que inspira la pesadilla. En latín tenemos el incubus. El íncubo es el demonio que oprime al durmiente y le inspira la pesadilla. En alemán tenemos una palabra muy curiosa: Alp, que vendría a significar el elfo y la opresión del elfo, la misma idea de un demonio que inspira la pesadilla. Y hay un cuadro, un cuadro que De Quincey, uno de los grandes soñadores de pesadillas de la literatura, vio. Un cuadro de Fussele o Füssli (era su verdadero nombre, pintor suizo del siglo dieciocho) que se llama The nightmare, La pesadilla. Una muchacha está acostada. Se despierta y se aterra porque ve que sobre su vientre se ha acostado un monstruo que es pequeño, negro y maligno. Ese monstruo es la pesadilla. Cuando Füssli pintó ese cuadro estaba pensando en la palabra Alp, en la opresión del elfo.

Llegamos ahora a la palabra más sabia y ambigua, el nombre inglés de la pesadilla: the nightmare, que significa para nosotros “la yegua de la noche”. Shakespeare la entendió así. Hay un verso suyo que dice I met the nightmare, “me encontré con la yegua de la noche”. Se ve que la concibe como una yegua. Hay otro poema que ya dice deliberadamente the nightmare and her nine foals, “la pesadilla y sus nueve potrillos”, donde la ve como una yegua también.

Pero según los etimólogos la raíz es distinta. La raíz sería niht mare o niht maere, el demonio de la noche. El doctor Johnson, en su famoso diccionario, dice que esto corresponde a la mitología nórdica —a la mitología sajona, diríamos nosotros—, que ve a la pesadilla como producida por un demonio; lo cual haría juego, o sería una traducción, quizá, del efialtes griego o del incubus latino.

Hay otra interpretación que puede servirnos y que haría que esa palabra inglesa nightmare estuviese relacionada con Märchen, en alemán. Märchen quiere decir fábula, cuento de hadas, ficción; luego, nightmare sería la ficción de la noche. Ahora bien, el hecho de concebir nightmare como “la yegua de la noche” (hay algo de terrible en lo de “yegua de la noche”), fue como un don para Víctor Hugo. Hugo dominaba el inglés y escribió un libro demasiado olvidado sobre Shakespeare. En uno de sus poemas, que está en Les contemplations, creo, habla de le cheval noir de la nuit, “el caballo negro de la noche”, la pesadilla. Sin duda estaba pensando en la palabra inglesa nightmare.

Ya que hemos visto estas diversas etimologías, tenemos en francés la palabra cauchemar, vinculada, sin duda, con la nightmare del inglés. En todas ellas hay una idea [...] de origen demoníaco, la idea de un demonio que causa la pesadilla. Creo que no se trata simplemente de una superstición: creo que puede haber —y estoy hablando con toda ingenuidad y toda sinceridad—, algo verdadero en este concepto...»

Fragmento de La Pesadilla, Jorge Luis Borges, 1977.

Thursday, July 31, 2008

¿tu rancho ya es digital?

La nueva publicidad y la construcción antropológica de "lo urbano"

Carmen Gaona/ Razón y Palabra
Barcelona, España

(...) Constantemente desde los spots televisivos, en veinte y treinta segundos, se proyectan estéticas urbanas que se asocian con la idea de “ciudades modernas”, “ciudades en orden y equilibrio” (ciudades ideales al igual que las realidades ideales e imaginarias que se construyen desde la publicidad) por cuyas calles circulan los últimos modelos automovilísticos, ó esbeltos y bellos cuerpos humanos. Un sinfín de estéticas urbanas son lanzados a nuestro imaginario colectivo, desde las ventanas de la publicidad, y estas estéticas, como todo en Publicidad, no está dejado al azar, sino que forma parte de un “todo” semántico que ensalza el producto, que está en conexión con la marca, o que establece líneas afectivas con dicho producto. Además, pese a que no sea su objetivo prioritario, la publicidad, también expresa una forma de habitar la ciudad (...)